Archivos de la categoría Leo, luego existo

Memoria sobre la Granza

Snap2.2

El libro que hoy presentamos es una verdadera joya.

Lo es, sobre todo por el contenido de la “Advertencia” y por la “Copia de la  Real Cédula de S. M. expedida a consulta de la Real Junta General de Comercio, de 3 de agosto de 1763”

Les resumo la historia que cuenta en  la “Advertencia”:

Algunos labradores de la provincia de Valladolid (villa de Mojados y otras aledañas)  mandaron un recurso a la Real Junta General de Comercio informando de la decadencia del cultivo de la granza, al que se dedicaban desde 1742.

Lo atribuían a la mala calidad de la granza española comparada con la que se cultivaba en otros países europeos; razón por la que se hacía necesaria la importación, a elevados precios, de la extranjera.

Enterada la Junta del problema, comisionó a D. Juan Pablo Canals, “dueño de la primera Fábrica de Indianas que se estableció en Barcelona, por el conocimiento que tenia de su especial inteligencia, y habilidad en este genero de Fabricas, y Tintes”, para que informase del asunto.

El señor Canals viajó a los pueblos vallisoletanos para observar de primera mano la manera de cultivar, preparar y embalar la granza que tenían los quejosos labradores.

La relación de los desastres que encontró no tiene desperdicio. En lugar de plantar con esquejes, vástagos o renuevos, lo hacían desde semilla y así tardaban cinco años en obtener una cosecha, con la correspondiente pérdida de simiente por animales, pudrición y adversidades atmosféricas.

Desecaban mal las plantas después de recogerlas, bien quemándolas por exceso de calor o estropeándolas por dejarlas húmedas.

Los molinos que usaban para la molienda eran de construcción defectuosa y  después de mal triturada, la echaban en sacos de lienzo para llevarla a vender a los tintoreros, sin prepararla “previamente y le faltaba la conveniente preparación, o aquel ultimo grado de perfección, que acaba de adquirir con la fermentación en las cubas, o en los barriles, en que se echa”.

 Bajo la dirección del señor Canals se recogieron plantas de la granza vallisoletana que, bien preparadas, se llevaron a Barcelona para hacer un experimento de comparación con la granza importada de Holanda, bajo la asistencia y supervisión del Ministro Subdelegado en Barcelona.

 “Verificada asi por este experimento, y comprobada por las mismas muestras la buena Calidad de nuestra Granza se averiguo también su precio, y se halló que sale mucho mas barata, que la que viene de fuera.”

Para tratar de paliar la ignorancia, falta de preparación y cerrazón de los labradores, la Junta General de Comercio mandó traducir del francés, en el año de 1763, las Memorias sobre la Granza, de Mr. Du Hamel Du Monceau.

El Rey  en aquella época era, como ya habrán adivinado, Carlos III y su Ministro de Hacienda Real, el marqués de Esquilache.

Al final del libro se copia la Real Cédula que otorga su S. M. a petición de la Junta General. Es un documento imprescindible para entender  la importancia del cultivo de la granza  y  su comercio en la época. No dejen de leerlo.

Pueden encontrar y descargar el libro entero ( Duhamel du Monceau, Henri-Louis. Memorias sobre la Granza, 1763) en la Biblioteca Digital del Real Jardín Botánico. CSIC (http://bibdigital.rjb.csic.es/spa/index.php).

 

Una curiosa conferencia

A veces, rebuscando en ferias y librerías de viejo,  se encuentran obras de curioso contenido, como la que hoy presentamos.

PORTADA El fabricante y el tintorero

Recoge una conferencia que impartió el químico colorista Juan Vila Baqués en el Instituto Sallarés y Pla de Estudios Técnicos, Económicos y Sociales de Sabadell.

Es una amena disertación acerca de los problemas derivados de la tintura conjunta de la lana con fibras regeneradas y con fibras artificiales. Añade interés que, tanto la conferencia como el libro, son del año 1956  y reflejan la situación de la industria textil en la España de aquella época.

Entre otras cuestiones interesantes habla de merinova, una fibra obtenida de la caseína, la proteína de la leche, que entonces se fabricaba en Italia. Se mezclaba con lana para hacer hilo destinado a diversos usos en la industria textil.

Intrigados por saber qué fue de tan prometedora fibra, hemos seguido la historia de la merinova en documentos posteriores a la publicación del libro. Lamentamos tener que contarles que se dejó de emplear en prendas textiles, pues parece ser que, si les caía encima una lluvia imprevista, desprendían un desagradable olor entre leche agria y queso fermentado.

Un clásico imprescindible

img009 Roquero, Ana y Córdoba, Carmen. 1981. MANUAL DE TINTES de origen natural para lana. Ediciones del Serbal.

ISBN 84-85800-03-6

Es una obra, ya histórica, pero imprescindible para cualquier aficionado español a la tintorería.

Todavía se pueden encontrar ejemplares buscando en Iberlibro. De vez en cuando también se ve alguno en la Feria de Libros de la cuesta de Claudio Moyano en Madrid.

Creemos que una nueva edición, revisada en los contenidos botánicos, tendría tanto éxito como la anterior, dada los conocimientos y gran experiencia que las autoras tienen sobre la tintorería con sustancias naturales.

Sobre el origen de la lana merina

Las librerías “París-Valencia” (Pelayo 7, 46007 Valencia) tienen, desde hace años, el acierto de reproducir libros antiguos que ponen al alcance del lector curioso a un precio moderado.

Uno de ellos, del que recomiendo su lectura, es una copia facsímil de 1993. El original es un delicioso opúsculo de 69 páginas que se publicó en Madrid en 1814.

Reproducimos su portada:

LEO, LUEGO EXISTO

Entre otros datos curiosos cuenta que el rey Eduardo III de Inglaterra  importó 3.000 cabezas de merino de Castilla a mediados del siglo XIV.  Otro tanto hicieron Enrique VIII y su hija Isabel I en sus reinados.

En 1792, por mediación de la condesa de Campo Alange salieron de nuevo para Inglaterra 5 carneros y 35 ovejas del mejor merino castellano.

A otros países europeos también llegó el merino español: en 1723 a Suecia; en 1797 a Dinamarca ovejas de los mejores rebaños del Escorial y del monasterio del Paular; a Holanda en 1789 y 1792; a Prusia en 1786 y a Hungría en 1775, por citar algunos ejemplos.

Es lamentable que, en la actualidad, en el siglo XXI, si se quiere calcetar con lana pura de merino, haya que comprar madejas procedentes de Nueva Zelanda o del Reino Unido.

Las tiendas de lanas en nuestro país son, en casi su totalidad, franquicias de marcas italianas, francesas, inglesas y japonesas. Los intentos de cooperativas y artesanos, criadores de razas de ovejas autóctonas, son encomiables pero todavía anecdóticos.

¿No sería el momento de una Pragmática Real (como aquellas que prohibían el lujo a los plebeyos),  ordenando el uso del merino español? Eso sí, siempre que a la par se protegiese y relanzase la industria de la lana merina española, que tan bochornosamente hemos dejado perder en este país.